viernes, 12 de febrero de 2010

Manifiestos


Extracto de Documentos del Mayo Francés del libro "La Imaginación al Poder"

UN MISMO COMBATE
 
En París, en Nanterre no luchan solos, no luchan por ellos solos. En Alemania, el 1º de mayo, decenas de miles de estudiantes y obreros se encontraron juntos a iniciativa de la SDS, en la primera manifestación anticapitalista que Berlín conoce después del nazismo. El “puñado de agitadores” se convirtió en movimiento de masas. Aquellos que luchan contra la Universidad capitalista se encontraron al lado de aquellos que luchan contra la explotación capitalista.
 
En Francia, nosotros sabemos bien que nuestro combate no ha hecho más que comenzar; nosotros sabemos que la juventud es sensible a la crisis capitalista, a la crisis del imperialismo que oprime al Vietnam, a la América Latina, a todo el Tercer Mundo. En Redon, en Caen, los jóvenes obreros se han rebelado violentamente, más violentamente que nosotros. Eso, la prensa que nos ataca hoy lo ha silenciado. A pesar del gobierno, a pesar del silencio y las manipulaciones de una prensa a su servicio, nuestras luchas convergen con las de ellos.
 
Hoy, los estudiantes toman conciencia de lo que se quieren formar con ellos: los cuadros del sistema económico existente, pagados para hacerlo funcionar mejor. Su lucha concierne a todos los trabajadores, ya que es la misma lucha: se niegan a llegar a ser profesores al servicio de una enseñanza que selecciona a los hijos de la burguesía y elimina a los otros; se niegan a llegar a ser sociólogos fabricantes de slogans para las campañas electorales del gobierno, psicólogos encargados de hacer “funcionar” los “equipos de obreros” según los mejores intereses del patrón; cuadros encargados de aplicar contra los trabajadores un sistema al que ellos mismos están sometidos.
 
La juventud estudiantil, obrera, rechaza el futuro que le ofrece la sociedad actual, rechaza la desocupación cada vez más amenazante, rechaza la Universidad de hoy que sólo le brinda una formación “ultraespecializada”, carente de valor que, bajo el pretexto de “selección”, reserva el saber a los hijos de la burguesía; que es sólo un instrumento de represión contra todas las ideas no conformes con los intereses de la clase dominante.
 
Cuando ella se rebela con violencia, tiene conciencia de que hace más evidente y más neto ese rechazo; tiene conciencia que su lucha sólo tiene perspectivas si los obreros comprenden el sentido y la hacen suya. Es por eso que hoy, nosotros continuamos; es por eso que nos dirigimos a usted.
 
Action, Nº 1, mayo 1968.
Órgano del movimiento estudiantil, realizado con el apoyo de la UNEF (Unión Nacional de Estudiantes de Francia), Movimiento 22 de marzo (Nanterre), CAL (Comités de Acción de Liceos) y SNESup (Sindicato Nacional de la Enseñanza Superior).


¡VUESTRA LUCHA ES LA NUESTRA!
 
Nosotros ocupamos las facultades, ustedes ocupan las fábricas. ¿No combatimos unos y otros por lo mismo?
Hay un 10% de hijos de obreros en la enseñanza superior. ¿Nuestra lucha busca que haya una mayor cantidad, una reforma democrática de la Universidad? Eso sería bueno, pero no es lo más importante. Esos hijos de obreros llegarán a ser estudiantes como los otros. Que un hijo de obrero pueda llegar a ser gerente, no está en nuestro programa. Queremos suprimir la separación que existe entre trabajadores y obreros dirigentes.
 
Hay estudiantes que a la salida de la Universidad, no encuentran empleo. ¿Acaso luchamos para que lo encuentren, por una buena política del empleo de los diplomas? Eso estaría bien, pero no es lo esencial. Esos diplomados en psicología o sociología llegan a ser los seleccionadores, los psico-técnicos, los orientadores que tratarán de mejorar vuestras condiciones de trabajo; los diplomados en matemáticas llegarán a ser los ingenieros que ponen a punto las máquinas más productivas y más insoportables para ustedes. ¿Por qué nosotros, estudiantes, hijos de la burguesía, criticamos la sociedad capitalista? Para un hijo de obrero, llegar a ser estudiante significa salir de su clase. Para un hijo de burgués, es quizás la ocasión para conocer la verdadera naturaleza de su clase, de interrogarse sobre la función social a la que se le destina, sobre la organización de la sociedad, sobre el papel que ustedes desempeñan. Nos negamos a ser los eruditos amputados de la realidad social. Nos negamos a ser utilizados en provecho de la clase dirigente. Queremos suprimir la separación entre trabajo de ejecución y trabajo intelectual y de organización. Queremos construir una sociedad sin clases; el sentido de vuestra lucha es el mismo.
Ustedes reivindican el salario mínimo de 1.000 francos en la región parisina, el retiro a los 60 años, la semana de 40 horas pagada por 48. Son viejas y justas reivindicaciones. Parecen por lo tanto no tener conexión con nuestros objetivos. Pero en realidad ustedes ocupan las fábricas, toman a loa patrones como rehenes, hacen huelga sin preaviso. Esas formas de lucha han sido posibles por las múltiples acciones mantenidas con perseverancia en las fábricas y también gracias al reviente combate de los estudiantes.
 
Estas luchas son más radicales que nuestras legítimas reivindicaciones porque no buscan sólo una mejora en las condiciones de los trabajadores dentro del sistema capitalista, implican la destrucción de ese sistema. Son políticas en el verdadero sentido de la palabra: ustedes no luchan para que sea cambiado el Primer Ministro, sino para que el patrón no tenga ya más poder ni en la fábrica ni en la sociedad. La forma de lucha de ustedes, nos ofrece a nosotros, estudiantes, el ejemplo de la actividad realmente socialista: la apropiación de los medios de producción y la facultad de decisión para los obreros.
 
Vuestra lucha y nuestra lucha son convergentes. Es necesario destruir todo lo que aísla unos de otros (las costumbres, los diarios, etc.). Es necesario establecer la coordinación entre las fábricas y las facultades ocupadas.
 
¡Viva la unificación de nuestras luchas!
Todos a la manifestación en la Estación de Lyón, hoy 24 de mayo
 
Movimiento 22 de Marzo

jueves, 11 de febrero de 2010

Retratos y postales literarias


Casa tomada - Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos. Irene rechazo dos pretendientes sin mayor motivo, a mi se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No se porque tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mi, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mi se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte mas retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo mas estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble como se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tire contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mi me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa mas de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerza, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba mas tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papa, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos mas alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamo la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían mas fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

miércoles, 6 de enero de 2010

Retratos y postales literarias


La niña y el columpio - El equipaje del Viajero de José Saramago.

Llevaron a la niña al columpio y la dejaron sola. No era uno de esos jueguetes vulgares de jardín, con sólida armadura de hierro y breve oscilación pendular. Tenía dos cuerdas altísimas que se perdían en las nubes, y por ellas subían trepadoras floridas. Había siempre flores que se abrían y otras que se marchitaban, de manera que parecía que las cuerdas tuviesen vida. El asiento era un tablero de oro y, como era alto, se subía a él por cuarenta escalones de espuma. Al rededor de todo esto, había mucho silencio y un círculo ininterrumpido de aves blancas.

La niña empezó a subir la escalera, peldaño a peldaño, y cuando llegó al último y agarró las cuerdas, hubo una gran vibración musical. Se sentó en la tabla de oro, y en el mismo instante los escalones desaparecieron en grandes flecos que un viento súbito se llevó lejos, al tiempo que las aves descendían hasta el suelo transformadas en palabras de despedida. La niña miró alrededor: el horizonte era circular, como de costumbre, y se veían en la distancia vagas ciudades que crecían lentamente y a veces desaparecían: porque el tiempo, allí en el columpio, los siglos tenían otra dimensión y los siglos cabían en minutos. Es un gran misterio que no se explica.

Los columpios se hicieron para columpiarse. La niña empezó a oscilar levemente, un poco aturdida por la altura. Estaba suspendida entre el cielo y la tierra, sostenida sólo por una tabla de oro y por dos cuerdas que nadie sabía de dónde estaban sujetas. Lentamente, el arco se fue haciendo mayor, y la niña ayudaba haciendo esos movimientos que todos los niños aprenden, o que ya sabían antes, cuando los llevan al columpio. Ahora había desaparecido el vértigo de la altura y había sido sustituido por la confusa sensación de miedo y de victoria que acompaña al cuerpo en los aires. Cuando la chiquilla era lanzada hacia arriba, sólo veía el cielo profundo y azul: gritaba de alegría y de asombro, de miedo también. Después, al llegar el impulso
al fin, caía de lo alto, describía una amplia curva, y era la tierra lo que aprecía ante sus ojos, verde y amarilla, y negra, y también azul, porque desde allá arriba se veía muy bien el mar. Y en ese ir y venir, lanzaba destellos la tabla de oro, y el pelo de la niña, suelto y leonado, era como una bandera o una antorcha. Y reía la niña porque eran suyos el cielo y la tierra, unas veces uno, otras la otra, porque iba sentada en un colimpio y las cuerdas del columpio eran floridas, aunque, como dicho queda, algunas fllores se desprendiesen: caín en espiral como si se bajaran por una ancha escalinata hasta las profundidades del suelo. Y cada vez caín más flores, tantas que, por fin, las cuerdas quedaron desnudas y ásperas. Al mismo tiempo, el movimiento del balancín se fue haciendo más breve, hasta que las cuerdas se convirtieron en dos columnas rígidas, verticales, definitivamente inmóviles. La niña intentó aún moverlas, hizo todos los gestos necesarios: imposible.

Una niebla densa empezó a alzarse del suelo. Las ciudades se ocultaron tras de él, y los campos, y el mar. Ya no había cielo azul. Era todo una espesa y húmeda nube por la que pasaban murmullos y voces antiguas. La niña temblaba de frío. No tenía miedo, sólo frío. Tendió los pies en busca de los peldaños y no había peldaños. Entonces, se dejó ir de su tabla y cayó. Cayó lentamente, como en sueños, un poco triste y cansada.

Cuiando llegó al suelo quedo encorvada como un animalito o como la piel de un fruto. La niebla empezó a disiparse lentamente, enrollándose en volutas desflecadas. Entre ellas, rompían los rayos del sol. Y, de repente, desapareció. La niña miró hacia arriba. El columpio estaba allí, mucho más alto que antes, con su tabla de oro y
las cuerdas florecidas. Pero no había peldaños.

Entonces, la niña se sentó y esperó. Junto a ella se abría una rosa con la paciencia del tiempo recordado. La niña aproximó su rostro a la flor terrestre y permaneció allí a la espera de que fueran a buscarla, porque era niña y tenía el anhelo de otra mano en la suya.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Inspiración



Los locos y los niños - Fandermole

El loco de mi pueblo decía que era Dios
y cuánto más cuerdo que muchos estaba
una esquina de verano y una mano de la noche
amenazando tras la boina sexagenaria

La locura y la niñez se dan abrazos
de un pedazo de infinito
y un asomo de verdad rasgaba el mundo
desde el fondo del delirio

No vayas al río pibe, antes de que aclare
que el corazón nos quema y el agua lo sabe.
No vayas al río pibe, antes de la mañana
que la luna del cielo empuja y la luna del agua llama.

Los locos en la niebla
y los niños en la aurora de sus palabras dementes
según dice la gente cada cuál a su modo nunca miente
pero a los locos se los mata
y los niños crecen

El loco de mi pueblo
dejó frente a mi puerta antes de irse
un pedazo de sus alas,
un cielo constelado
y la recomendación de no decirle a nadie
lo que me dejaba.

Nadie quiso ver el ojo aquél
por dónde se veía más allá
en la noche se quedaba un niño sólo
preguntando sin hablar.

Nadie quiere un cielo pibe, tan alto en la nada
nadie quiere el techo de la madrugada.
Todos miran todo pibe, con los ojos fríos
y en mi sombra temen ver su propio vacío.

Los locos en la niebla
y los niños en la aurora de sus palabras dementes.
Según dice la gente cada cuál a su modo nunca miente
pero a los locos se los mata
y los niños crecen
pero a los locos se los mata
y los niños crecen

domingo, 20 de diciembre de 2009

Inspiración



Nos hemos robado a nosotros mismos... País grande el nuestro... tan grande como la pobreza sustentada por la riqueza de otros lugares... Argentina lo tiene todo y no tiene nada... bueno algo tiene... sudor y lucha de mucha gente... y la vergüenza por gobernantes de sus propios intereses, dueños de sus promesas vacías... Tantos años de historia y seguimos creyendo en el Federalismo... Es triste... muy triste...

EL EMBUDO (HOMENAJE A LA PATAGONIA) - Leon Gieco

Venga m' hijo hoy le he de hablar de un tema tan cotidiano, que ni usted ni sus hermanos se han detenido a pensar y
eso es por costumbre nomás, por haber nacido aquí, por venir de una raíz marginada de hace tiempo y
contemplando en silencio lo que pasa en el país.

Tal vez nunca meditó que usted con esa dos manos asiste a pagos lejanos, dándole
luz y calor, que también mueve el motor, que anda el cielo y anda el mar o autopistas
de ciudad y las comunicaciones, sin saber por qué razones nada viene y todo va.

Fíjese en el caño aquel , es el famoso oleoducto por donde se van los frutos, como quien dice a granel. Le costará
comprender por qué este petróleo nuestro lo industrializan tan lejos y el subproducto después vuelve a su tierra
otra vez, sabe Dios por que manejos.

Nuestro gas es entubado en caños de alta presión que llevan calefacción para entibiar otros pagos no se me quede
asombrado si le digo que en el gas van muchas cositas más, con variadas propiedades, que enriquecen otros lares y
empobrecen los de acá.

Y los parques nacionales parecieran extranjeros porque ahí somos forasteros los nativos y locales y en sus bosques
colosales , sucede que en ocaciones se convierten en tizones los leños que nadie saca y andan con bosta de vaca, en
los ranchos los fogones.

Y aquellas torres en fila, sujetando el cablerío, se llevan de nuestro ríos lo mejor de la energía, no es una ocurrencia
mía, ni lo quiero avergonzar, pero póngase a pensar que pasaría si nos dieran, por todo lo que se llevan, lo justito y
nada más.

Seguimos siendo colonia de la gallina de arriba, federalismo mentira, desde que tengo memoria. Allá se inventa la
historia, aquí se escribe con sangre, mas vienen de tarde en tarde, en vísperas de elecciones a prometer soluciones
que ya no engrupen a nadie.

No hablemos de agua pesada, regalías minerales, nada viene, todo sale, estrujando la ordeñada. La cuestión está
estudiada para dejarnos de luto, usando cualquier conducto se llevan hasta la tierra, si nuestro sudor sirviera ya
habría algún sudoructo.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Inspiración



Papa, cuéntame otra vez.
Ismael Serrano.

Letra: Daniel Serrano Morán.
Música: Ismael Serrano Morán.

Papa, cuéntame otra vez ese cuento tan bonito
de gendarmes y fascistas y estudiantes con flequillo.
Y dulce guerrilla urbana en pantalones de campana
y canciones de los Rolling, y niñas en minifalda.

Papá cuéntame otra vez, todo lo que os divertisteis
estropeando la vejés a oxidados dictadores,
y como cantaste Al Vent, y ocupasteis la Sorbona
en aquel Mayo Francés en los días de vino y rosas.

Papá cuentame otra vez, esa historia tan bonita
de aquel guerrillero loco, que mataron en Bolivia
y cuyo fusil a nadie se atrevió a tomar de nuevo
y como desde aquel día todo parece más feo.

Papá cuéntame otra vez que tras tanta barricada
y tras tanto puño en alto y tanta sangre derramada
al final de la partida no pudisteis hacer nada
y bajo los adoquines no había arena de playa.

Fue muy dura la derrota, todo lo que se soñaba
se pudrió en los rincones, se cubrió de talarañas
y ya nadie canta Al Vent, ya no hay locos,
ya no hay parias, pero tiene que llover,
aún sigue sucia la plaza.

Queda lejos aquel Mayo, queda lejos Saint Denis
que lejos queda Jean Paul Sastre, muy lejos aquel París,
sin embargo a veces pienso que al final todo dió igual:
Las ostias siguen cayendo sobre quien habla de más.
Y siguen los mismos muertos podridos de crueldad
ahora mueren en Bosnia, los que morían en Vietnam,
ahora mueren en Bosnia, los que morían en Vietnam.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Inspiración



La Maza - Silvio Rodriguez

Si no creyera en la locura
de la garganta del sinsonte
si no creyera que en el monte
se esconde el trino y la pavura.
Si no creyera en la balanza
en la razón del equilibrio
si no creyera en el delirio
si no creyera en la esperanza.
Si no creyera en lo que agencio
si no creyera en mi camino
si no creyera en mi sonido
si no creyera en mi silencio.

que cosa fuera
que cosa fuera la maza sin cantera
un amasijo hecho de cuerdas y tendones
un revoltijo de carne con madera
un instrumento sin mejores resplandores
que lucecitas montadas para escena
que cosa fuera -corazon- que cosa fuera
que cosa fuera la maza sin cantera
un testaferro del traidor de los aplausos
un servidor de pasado en copa nueva
un eternizador de dioses del ocaso
jubilo hervido con trapo y lentejuela
que cosa fuera -corazon- que cosa fuera
que cosa fuera la maza sin cantera
que cosa fuera -corazon- que cosa fuera
que cosa fuera la maza sin cantera.
Si no creyera en lo mas duro
si no creyera en el deseo
si no creyera en lo que creo
si no ceyera en algo puro.
Si no creyera en cada herida
si no creyera en la que ronde
si no creyera en lo que esconde
hacerse hermano de la vida.
Si no creyera en quien me escucha
si no creeyera en lo que duele
si no creyera en lo que queda
si no creyera en lo que lucha.
Que cosa fuera...